lunes, 20 de diciembre de 2010

Un Fantasma (cuento)


Dicen que amo a un fantasma, que ella es sólo una invención más de mi mundo de fantasías. Pero no es mi culpa que ellos no sean dignos para verla.  Ellos no saben qué es pasar la noche en vela, sumergido en la dolorosa oscuridad, con miedo a cerrar los ojos y ver esa maniática sonrisa que me hace a ratos desear ser como ellos.  Asumen que no sé que hablan de mí. ¡Claro que lo sé! Dicen que es sólo soledad y me miran con fingida compasión… No saben lo que es nunca estar solo.  Nunca sabrán lo que es amar como ella me ama.
Dicen que ella no existe, que no es real como ellos, como yo. ¿Qué pueden ellos saber? Nunca han sentido el aguijón de su voz, su insistente imagen acechando mis ratos de vigilia, interrumpiendo mis sueños para que ella no esté sola.
A veces usa mis manos para hacerse el amor. Puedo sentir sus fríos labios en mi cuerpo, sus besos metálicos, afilados, danzan en mi piel. Su tibia saliva carmesí mancha las sabanas de mi cama. ¿Cómo pueden decir que no es real si mi cuerpo porta las imborrables marcas de su amor?
A veces la descubro habitando un cuerpo ajeno, cree que no me doy cuenta, pero siempre la delata una mirada o una sonrisa, pero ella juega a no reconocerme cuando la llamo por su nombre, incluso a veces finge temerme, pero es únicamente porque yo sé la verdad. A ratos olvida sus juegos y me recibe como a un extraño solicitando caridad. Me invita a buscarla en lo más profundo de su envoltura temporal. Le grito que la amo, le pido que salga, desgarro esa absurda prisión que ella eligió, pero nunca la encuentro.  Ella siempre se va antes de que logre deshacerme de la piel que la cubre, y yo siempre voy tras ella.
A veces permanezco buscando refugio en la ineficiente luz artificial, rodeado de velas en caso de que ella llegue y la luz huya. Volteo insistentemente a la escalera por si decide bajar. La escucho corriendo en el piso de arriba, jugando a esconderse dentro de mi cabeza. Sus pies descalzos castigan la duela secreta debajo de las losetas de mi hogar. Cuando decido apagar las luces y subir a mi cuarto, trato de caminar en silencio, ni siquiera me atrevo a respirar y aprieto mis ojos para no mirar los espejos. Sé que ella me espera dentro. Me abrazo a mi mismo para buscar consuelo, para no estar cerca y sentir su fría piel jalándome hacia su mundo de fantasmas. Cuando abro la puerta de mi cuarto espero verla ahí acostada, desnuda de sus mentiras, esperándome para hacerla mía una vez más, una primera vez. Dicen que amo a un fantasma, pero ellos no pueden saber que ella es la que habla, la que ríe, la que es… la que cree que el fantasma soy yo.

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